Sus vecinos sabían que era vasco pero no tanto

Publicado: 14 julio, 2011 en Entretenimiento, Textos

 

El vasco de la carretilla, Guillermo Larregui, Extraido de  Los sótanos del mundo.
 Guillermo Larregui, el Vasco de la Carretilla. 

Hace ocho años, en un pueblo de la Patagonia llamado Comandante Piedrabuena, encontramos una plazoleta dedicada a este tremendo personaje.

“Desde ese mismo punto, el tal Larregui comenzó la hazaña que lo haría archifamoso por toda Argentina: después de aceptar un desafío, el 25 de marzo de 1935, a las nueve de la mañana, asió una carretilla cargada hasta los 130 kilos y echó a andar hacia Puerto Deseado, a casi quinientos kilómetros por caminos de gravilla. Larregui alcanzó su meta y prolongó el paseo dos mil kilómetros más, hasta Buenos Aires, en una aventura de catorce meses. El diario bonaerense Crítica relató así el inicio del viaje: “En su carretilla de mano Larregui había acondicionado maravillosamente su ‘casa’ -pues, en efecto, allí nada falta y está todo distribuido en un orden tan absoluto que hasta sorprende- y salió desde Comandante Piedra Buena en medio del estupor general. Los vecinos de Larregui sabían que era vasco… pero no tanto”.

 

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Larregui intuyó que su integridad viajaba en la carretilla. Y a lo largo de su vida la empujó durante más de catorce años y 22.000 kilómetros: un hombre de palabra.

La historia aparece en un capítulo del libro Los sótanos del mundo, que copio a continuación (Ojo a la frase: “Si rompiera mi promesa, sería indigno de llevar esta boina”).

Las fotos de la época muestran a un hombre menudo, tieso y de expresión hosca, vestido con alpargatas, pantalones de lanilla, chaqueta, pañuelo al cuello, y con una boina tan ceñida que parece implantada para siempre sobre dos cejas como felpudos. Las mejillas y los ojos se le hunden en las faldas de una nariz disparada como una aleta de tiburón; la mandíbula prieta y un bigote tenso le ciñen la boca en un rictus de determinación algo amargo: se podría pensar que Larregui no tiene labios, si no fuera porque a veces se le ve con un cigarro encajado debajo del bigote. Y como prolongación de las manos, las varas metálicas de su carretilla de una sola rueda, cargada con un gran cajón de madera en el que lleva sus pertenencias, envueltas en una lona atada con cuerdas.

 

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Guillermo Larregui, nacido en 1885 en el barrio pamplonés de la Rochapea, devoró durante su infancia novelones de aventuras, y el veneno del viaje se le coló sin remedio en la sangre: en 1900, con 15 años, se embarcó hacia Buenos Aires. Parece que en sus primeros años americanos trabajó de marino y de carpintero, pero después se trasladó al sur de la Patagonia para emplearse como peón de la compañía petrolera Ultramar, filial de la estadounidense Standard Oil. En 1935 las extracciones se pararon por algunos conflictos legales, y Larregui y sus compañeros quedaron en paro. En aquellas horas muertas se gestó el desafío que haría tan popular al navarro. Asencio Abeijón, un periodista del diario patagónico El Chubut, relató así la historia después de entrevistar a Larregui en mayo de 1935, cuando pasaba con su carretilla por la ciudad de Comodoro Rivadavia: “La apuesta nació junto al fogón de una estancia en Mata Amarilla, entre mate y mate y tiempo malo, que es cuando salen a relucir los macaneos más grandes, sobre hechos que cada uno pensó hacer y, sin intentarlo siquiera, ya los da como cosa hecha y los pone en su lista de hazañas: peleas, amores, domas, esquila, peleas con un puma”. Cuenta Abeijón que varios peones tomaban mate y contaban mentiras, cuando Larregui, por no ser menos, dijo que era capaz de caminar hasta Puerto Deseado con cien kilos encima de una carretilla. “Todos se rieron y lo tomaron para la farra, diciéndole que, por lo mentiroso, él era más andaluz que vasco, y que les extrañaba mucho, porque nunca habían visto un andaluz trabajador ni un vasco mentiroso”. Menudearon las discusiones y cuajaron las apuestas. Pero los peones recelaban de Larregui: ¿con qué plata iba a pagar cuando perdiera la apuesta? El patrón salió de garantía, aunque le dijo al pamplonés que iba a perder y luego tendría que trabajar gratis un año entero para pagar la apuesta. El propio Larregui desmentía en otras entrevistas que se hubieran jugado fortunas: “Muchos hablan de una apuesta de miles de pesos. No es cierto. Lo más importante es que he empeñado mi palabra. Varios amigos hablaban de las grandes travesías realizadas por automovilistas, de los raids de aviación y otras proezas. Yo oía y callaba. Pensaba que no es difícil llevar a cabo una proeza con los maravillosos aparatos modernos que se manejan sin esfuerzo y que necesitan del hombre seguridad y valor. Pero pocas veces exigen del individuo fuerza física, paciencia y resistencia. Entonces dije: ‘A cualquiera de esos señores aviadores y automovilistas los desafío yo a hacer una travesía caminando y conduciendo además una carretilla de cien kilos'”.

 

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Guillermo Larregui agarró una carretilla, dispuso sobre ella sus enseres y caminó como aperitivo los 120 kilómetros que separaban la estancia de Mata Amarilla de Comandante Piedra Buena. En este pueblo, relata Abeijón, “un amigo mecánico le cambió la caja de hierro por otra de madera, le puso unos rulemanes en el eje de la rueda y revistió la llanta con una goma de auto. Encima le cargó una pequeña carpa, pilchas de dormir, cinco litros de agua, una pavita, el mate, un asador chico, una ollita y otras cosas indispensables, hasta completar los cien kilos”.

 

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Larregui se echó a los caminos. Según pasaban los días, los camioneros, los carreros y los jinetes llevaban a Comandante Piedra Buena las noticias de aquel loco que caminaba hacia Puerto Deseado con una carretilla. A las dos semanas el patrón tuvo miedo de que Larregui reventara por el camino con tal de no ceder en su empresa, de modo que salió en coche a buscarlo. Cuando lo encontró, intentó convencerlo de que abandonara la aventura: “Mirá, pedazo de tozudo, yo sé que no podés hacer semejante viaje, pero sé que sos tan porfiado y cabeza de cemento que te vas a morir por salirte con la tuya. Echá tu carretilla en el auto y te llevo a la estancia para que sigas trabajando. Yo te pago la apuesta y los gastos que hayas tenido”.

Hasta ese momento se trataba de ganar una apuesta, pero la aparición del patrón transformó el sentido del viaje, porque le planteaba a Larregui una encrucijada digna de un viajero homérico: podía perseverar en el empeño, por muchas penalidades que acarrease, o podía acogerse a la dulce tentación del abandono y la comodidad. La respuesta estuvo a la altura: el héroe no sólo persistió, sino que redobló la aventura: “¡Vos también decir que yo no llegando a Deseado con carretilla! Pues ahora vas a ver cómo vasco llegando hasta Buenos Aires, sí”. El cronista Abeijón parodia las expresiones de un vasco que habla un castellano macarrónico, poco creíbles en un hombre que llevaba 35 años en Argentina. De cualquier modo, Larregui acababa de sellar su destino: ya no se trataba de una caminata absurda, sino de mostrar cuánto valía su palabra. Cuando más tarde se topó con un ganadero vasco que le ofreció trabajo, Larregui se negó: “Se lo agradezco, paisano, pero no puedo. Yo he prometido llegar a Buenos Aires y llegaré. Si rompiera mi promesa sería indigno de usar esta boina que también usted usa y que es todo lo nuestro”. Larregui intuyó que su integridad viajaba en la carretilla. Y a lo largo de su vida la empujó durante más de catorce años y 22.000 kilómetros: un hombre de palabra.

A Larregui le dieron su apodo los periodistas argentinos, cuando destacaban a toda página su llegada a las diversas ciudades. Así se lee en las docenas de noticias recopiladas en los libros de Patricia Halvorsen y Txema Urrutia, titulados ambos El Vasco de la Carretilla: “Llegó a nuestra ciudad el Vasco de la Carretilla. Mucho público presenció su entrada”. “El original raidista ha acampado en un baldío de la calle Zurita, donde es visitado continuamente por numerosos curiosos”. “El formidable Vasco de la Carretilla, que arrastra su pesada carga de 180 kilos sobre una carretilla que empuja de rigurosa infantería, llegó luchando contra los arenales y una leve enfermedad. Gozó de la hospitalidad de nuestro vecindario, de la que élse hizo acreedor por sus condiciones excepcionales de caballerosidad”.

Las descripciones de los periodistas subrayaban siempre la apariencia frágil del carretillero:”Es un hombrecillo algo encorvado, cano de años y de polvo, con un aire de hosquedad en el rostro. Su cuerpo no es más que hueso, pellejo y músculo, animado por una poderosa voluntad. Es gran fumador y muy matero”. “Vemos un hombre chiquito, de coquetones bigotes rubios, de quien se hubiera pensado que no era capaz ni de dar la vuelta a la manzana detrás de su carretilla. Al estrecharle la mano tenemos la sensación de que apretamos una pata, tan dura ha quedado por las callosidades que le produjeron las varas de la carretilla, después de un año de empuñarlas constantemente”. Y también destacaban su testarudez racial: “Don Guillermo Larregui, el Vasco de la Carretilla, es un vasco desde la punta de la boina hasta el filo de la alpargata, un verdadero vasco con una cabeza más dura que el retoño del `guernicaco arbola’ de la leyenda vascongada”.

Larregui puso a prueba esa firmeza de roble cuando el invierno austral lo azotó mientras caminaba todavía por el centro de la Patagonia, pegado a la costa atlántica. Las etapas previas a su llegada a Trelew resultaron las más duras del viaje: “El frío llegaba a veinte grados bajo cero y yo caminaba entre la nieve”, contó después. “Había momentos en que perdía la noción de todo. No sentía las manos ni los pies, ni siquiera el peso de la carretilla. Era como si de golpe alguien me empujara y yo estuviera hecho de plumas, a veces creí que era tan liviano que el viento me iba a llevar. Pero sabía que si me paraba moriría congelado; entonces apretaba el paso. Así, caminaba y caminaba como dormido, hasta llegar a algún rancho donde descansar. Me daba friegas en las manos y los pies con caña. De ese modo podía reaccionar y dormir”. Entre otras pausas para recuperar fuerzas, consta que los propietarios de una estancia acogieron durante diez días a Larregui, aquejado por una gripe.

 

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La primavera encendió de nuevo los ánimos del Vasco de la Carretilla, sobre todo porque en Bahía Blanca rodó por primera vez sobre una carretera asfaltada, después de 2.700 kilómetros de guiar la rueda por graveras y senderos de tierra. Cuenta Aseijón que en Bahía Blanca un club deportivo le donó siete mil pesos, “y en Olavarría, ciudad de los vascos lecheros ricos, le juntaron casi quince mil (¡qué pesos esos de 1936!)”. Y, por fin, entró en Buenos Aires el 24 de mayo de 1936, después de catorce meses, 3.423 kilómetros, seis millones de pasos y 31 pares de alpargatas gastadas. Miles de porteños, azuzados por la prensa, recibieron en las calles al recordman vasco, le cargaron la carretilla de flores y le acompañaron hasta la Plaza de Mayo. Larregui depositó todas las flores al pie de la Pirámide de Mayo, “como homenaje al país que tan bien lo había recibido y que nunca abandonaría”, dice Abeijón. Después empujó la carretilla hasta el museo de Luján y allí la donó, con todo su campamento.

 

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El Vasco de la Carretilla levantó una pasión efervescente en Buenos Aires: recibió homenajes, pronunció discursos, contó mil veces su hazaña al público y a los periodistas. A los pocos días de su llegada, cientos de carteles anunciaron en las calles de la capital una función extraordinaria que se celebraría el 12 de junio en el Teatro Apolo: “Gran función extraordinaria en honor y a beneficio de Guillermo Larregui, el Vasco de la Carretilla, ejemplo magnífico de la energía y la voluntad de la noble raza Eúskara, tan sustancialmente vinculada en la historia y en el presente a la vida nacional, y que merece este homenaje que la compañía argentina de los Hermanos Ratti se honra en ofrecer. Gran acto de variedades. Grandioso programa”. Y en letras enormes destacaba el título de las dos actuaciones principales: “El bailarín del cabaret” y “¡Te juro que Dios es vasco!”. Tres días más tarde el Teatro Español ofrecía otra “función extraordinaria en honor y a beneficio de Guillermo Larregui, el Vasco de la Carretilla, patrocinada por la colectividad vasca”. En ese mismo espectáculo en el que Larregui contó sus aventuras actuó un tal Francisco Garmendia, el Vasco de los Tarros: “Hará demostraciones de fuerza y barra”, decía el cartel anunciador, “y finalmente levantará 8 tarros de leche de 25 kilos cada uno, total 200 kilos”.

Los periodistas no tardaron en preguntar a Larregui por sus planes: “¿No piensa intentar ningún nuevo raid? ¿No prolongará su expedición?”. “No se puede”, contestó el navarro. “He encontrado muchas personas buenas y ayudadoras en el camino. Pero la mayoría… ¡no me hablen! Con decirle que los propios lecheros vascos que iba encontrando en los pueblos me cobraban la leche… La llegada a Buenos Aires ha sido distinta: una apoteosis. El público me ha aclamado, a mi carretilla y a mí nos han cubierto de flores. No se puede pedir más. Pero las sociedades vascas no se han preocupado nada por mí. Me dejaron solo, en medio de miles de personas que gritaban mi nombre y me llamaban ¡Larregui!, ¡Larregui! Si las sociedades me hubieran apoyado como el público, yo seguiría hasta Nueva York o hasta Alaska. Pero así, solo, no se puede. Este raid me ha costado demasiado esfuerzo y demasiado dinero. He llegado porque soy vasco y tenía que llegar”.

Sin embargo, Larregui descubrió que la popularidad y la atención de los periódicos le serviría para obtener ayudas, de modo que afinó sus estrategias de marketing y se convirtió en un pionero de la financiación de aventuras. Siete meses después de terminar su primera caminata, acudió a la ciudad de Coronel Pringles, en la provincia de Buenos Aires, se presentó en los diarios locales y éstos anunciaron a bombo y platillo que el famoso Vasco de la Carretilla quería emprender una nueva aventura desde allí. Varios herreros y carpinteros se ofrecieron para construirle una carretilla, y Larregui partió otra vez el 12 de octubre, acompañado en los primeros kilómetros por una muchedumbre. Fijó como destino la provincia norteña de Jujuy, aunque los periódicos aseguraban que el carretillero viajaba “con los ojos puestos en Nueva York”. Después de tres mil kilómetros y dos años, Larregui dejó la carretilla en La Quiaca, en la frontera entre Argentina y Bolivia. Este segundo viaje fue el que mayor repercusión obtuvo en los medios. El propio Larregui se encargaba, unos días antes de llegar a las ciudades, de enviar fotos suyas a los diarios; los periodistas más avispados salían a su encuentro para publicar la primera entrevista o comprarle la exclusiva del relato a cambio de alojamiento, y las noticias anticipadas empujaban a la gente a esperar al Vasco de la Carretilla en las afueras de las ciudades. Después de sus entradas triunfales, Larregui armaba su campamento en las sedes de los diarios o acampaba en las plazas y los parques para recibir las visitas de los curiosos y venderles postales con su retrato. El antes parco Larregui concedía entrevistas, inauguraba fiestas, daba la salida a carreras ciclistas, aceptaba el patrocinio de fabricantes de alpargatas y pronunciaba discursos, pero siempre insistía en la pureza de sus propósitos: “Quiero recordar que no imito a los andarines que recorren el país pidiendo e implorando ayuda pecuniaria. La dignidad de hombre y deportista no me permite la mendicidad, y como español mucho menos. Los fines que persigo son puramente deportivos, sin propósitos lucrativos. No me opongo a aceptar ayuda espontánea por parte del público, pero nunca seré limosnero”. A menudo se quejaba de la poca ayuda que le prestaban los clubes deportivos y las asociaciones vascas del país. “Pero prometo afrontar todos los inconvenientes -decía, con su nueva retórica pastosa, copiada de los artículos que le habían dedicado- para ver coronado por el éxito mis anhelos, que me guían para llegar a la meta que me he propuesto alcanzar, como exponente de fortaleza y voluntad de una raza, y para demostrar en un acto de sacrificio continuo qué es capaz de realizar un hombre cuando le guía un ideal o un capricho de un testarudo, como prefieran”.

 

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Larregui aún completó otros dos grandes viajes. En 1940 partió de Villa María (provincia de Córdoba) y recorrió dos mil kilómetros durante un año, hasta Santiago de Chile. Sin embargo, los chilenos no lo conocían y apenas le prestaron atención. Volvió a Argentina, donde la indiferencia del público lo sumió en una tristeza profunda. Se dedicó a pensar qué sentido tenía ya su vida y planeó volarse los sesos con un revólver. Mientras esperaba a que un camionero contrabandista le trajera las balas, cayó muy enfermo, pasó quince días en cama y sólo cinco prostitutas amigas se apiadaron de él. Estas ninfas irrumpieron en la odisea de Larregui para salvarlo: lo cuidaron, le compraron zapatos y abrigos, lo sacaron a pasear. A los pocos días sanó, recobró la fe en la vida y decidió conseguir otra carretilla para emprender un nuevo viaje hasta las cataratas del Iguazú, donde quería retirarse. Ya tenía 58 años.

Se presentó en la ciudad de Trenque Lauquen (provincia de Buenos Aires) y cerró un trato con los periodistas de El Independiente: el diario le proporcionaría la carretilla y los útiles necesarios, y Larregui escribiría las crónicas del viaje hasta Iguazú en exclusiva para ellos. Este cuarto y último viaje resultó mucho más pausado, ya que el Vasco de la Carretilla desapareció durante algunas temporadas y tardó seis años en alcanzar Iguazú. Sus crónicas intermitentes de esta época resultan farragosas, saturadas de filosofadas, incoherencias, relatos embrollados, a veces monótonos y a veces ininteligibles, aunque de vez en cuando brotan destellos de humor o reflexiones más afiladas como esta: “En mis andanzas he llegado a la convicción de que un pueblo sin curiosidad es un pueblo de muy bajo nivel cultural y por consiguiente estúpido”.

Alcanzó Iguazú en 1949, ya con 64 años, y allí obtuvo un permiso especial del presidente de los Parques Nacionales para instalarse dentro del parque, muy cerca de las cataratas. Despejó un claro en la selva, recogió cientos de botes y latas del cercano hotel Iguazú y los rellenó con cemento para emplearlos como columnas y paredes de su nueva casa: una cabaña de duendes, metálica y multicolor, en la que guardó una sala para exponer fotografías y recuerdos de sus viajes y levantó un altar con latas y una imagen de la Virgen. Larregui vivió allí sus últimos quince años, sedentarios como los primeros quince de su vida. Se dedicó a pasear, recoger la basura que dejaban los primeros turistas, curar animales heridos y reunir colecciones de insectos, plantas y minerales que luego vendía. Larregui fue tal vez el primer guía de las cataratas: dicen que acompañó en los paseos a turistas de todo el mundo, a presidentes, ministros y embajadores, y algunos relatos le atribuyen el dominio del inglés, francés, italiano, alemán y holandés. Quienes le conocieron mejor sonreían ante semejante afirmación. No tenían dudas, eso sí, de que Larregui se podía entender con cualquier persona del mundo.

Entre todas las latas le tocó una maldita: en 1964 el Vasco de la Carretilla comió algún alimento de lata en mal estado y al cabo de varios días lo encontraron muy enfermo en su casa. Murió en el hospital, a los 79 años, y yace en el cementerio de Puerto Iguazú. A modo de epitafio queda un poemilla del propio Guillermo Larregui: “Vivir el ritmo oculto de los campos / abiertos, llenos de sol / La emoción de la tierra argentina / llena de generosidades / He ahí mi objetivo. / Nadie me podrá quitar la dicha / de ser dueño de mi propio destino”.

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